Conozco a dos ancianos 
que viven en un pueblo de dos casas
a los pies de la montaña 
más alta del mundo.

Él, de naturaleza flaca 
parece que anda de puntillas,
ella, acumula pena bajo la bata.

Entre ellos no se palabrean
y dejan que les acompañe la brisa, 
mas bailan en armonía,
pues nunca se pisan las zapatillas.

Él, carga el cesto para reunir leña y le da una vuelta,
ella, con sus prismáticos, recoge su falda, 
asienta su trasero y le carea

Conozco el secreto 
de una anciana que vive a los pies del Everest
Sus binoculares cuelgan de un cuerpo etéreo 
que aprendió a ser resiliente al olvido de su ser

Ausente, le dice el acendrado de su pelo
Frágil, el tremolar de su ver

El nieto que vive pueblos más abajo
anda con una mazorca 
La primogénita carga una cesta
¡Que suceda! Que se gire y la vea

Carcajea y encoje las piernas
Disimula la tristeza profunda
escondida en sus ojos negros
en el que se dibujan cuerpos pequeños

Conozco el silencio de un anciano
que vive donde el sol es una línea recta
La fatiga no le deja tiempo para penas
o tal vez por aquí ya no andan sueltas
jugaba con su elocuencia 
cuando le cortaron la lengua

Y desde entonces murmura para si
cuando está más reluciente
es decir, en el arrebol por la tarde
o tras el petricor de primavera

Ella, sentada y bonita fantasea,
él, cocina mi delicioso Chowmein
mientras lo veo subirse a la luna,
e intuyo que embobado lo ve a él.

La rutina que se vuelve nostalgia en almas nómadas 
oxida los huesos de los que se quedan 
ya conocedores de que más abajo  
hay otra vida, otras palabras, otras notas. 

Y tal vez estas, 
harten el anhelo por despertar partes dormidas o ya muertas,
por abrir espacio a nuevos desenlaces y pintar de verde las auroras.

© 2020 by Gisela Sole Marron & Laetitia Daïdé